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Cayetano y Juan, dos ejemplos de compromiso y lucha PDF Imprimir E-mail
Miércoles, 11 de Noviembre de 2009 14:40
cayetanoyjuan1Estos son (de izquierda a derecha) Cayetano Zaplana Y Juan Alcaraz, nuestros más ilustres compañeros. Por desgracia no todos tenemos el mismo empeño y capacidad de entrega que tiene estos grandes compañeros, pero, aún así, debemos ser capaces de aprender de la solidez de esas ideas antiautoritarias que les han acompañado hasta el momento presente. Para eso sólo es necesario ser un buen alumno, ya que a los buenos maestros ya los tenemos. ¡Salud compañeros!

Cayetano Zaplana, 94 años de coherencia

Si el tiempo perdonase a los idealistas, si la vida fuese benigna con los luchadores, Cayetano Zaplana sería eterno. Pero desgraciadamente el paso de los años y una enfermedad crónica, ignorante de estar destruyendo una parte importante de nuestra historia viva, le han convertido en un anciano de aspecto frágil. Sin embargo, Cayetano, cuyos grandes ojos no han perdido ni un ápice de su antigua viveza, solo tiene frágil el cuerpo, su temple sigue siendo de acero.

Nació el 28 de noviembre de 1915, en una Cartagena donde la existencia no resultaba fácil para una gran parte de sus habitantes y donde la infancia era un lujo para muchos niños y niñas.

– A los diez años ya estaba trabajando en la mina con mi padre.- nos dice buceando en unos recuerdos que están frascos a pesar de haber transcurrido ochenta y tres años. Su caso no era excepcional, los jornales eran escasos, el precio de los alimentos caro y los hijos e hijas llegaban casi empujándose unos/as a otros/as. Los primogénitos de las familias obreras tenían que crecer muy deprisa para aportar a la economía de la casa un dinero que resultaba imprescindible. Pero a Cayetano, la mina del Estrecho de San Gines donde comenzó su vida como obrero, no solo le robó la infancia, sino también la salud. A los quince años un accidente laboral le partió la pierna en varios trozos cuando todavía sus miembros no estaban bien desarrollados.

- ¿Debes a ese accidente el zapato ortopédico que llevas?

- Si, estuve tres años en el hospital. En aquella época, los hospitales donde íbamos los obreros no contaban con suficientes medios, incluso el alcohol escaseaba. Me curaron lo mejor que pudieron pero mi pierna no se desarrollo al mismo nivel que la otra. No obstante, eso no fue lo más duro; mientras permanecía allí murió mi padre y al salir tuve que hacerme cargo de la economía familiar. A los 18 años me convertí en cabeza de familia.

- ¿Cuándo ingresaste en la CNT?

- Ese mismo año. Mantenía largas conversaciones con Francisco Lledó, en las que le contaba mis inquietudes sociales, mi deseo de cambiar una sociedad que consideraba injusta y opresiva con los obreros… él me hizo ver que la respuesta a mis esperanzas estaba en la Confederación.

- Tu padre no era cenetista.

- No mi padre era solo un trabajador explotado que apenas tenía tiempo para pensar y no había tomado conciencia de su situación. En los ojos de Cayetano aparece una chispita de nostalgia cuando recuerda aquella época dura y tierna a la vez. Entonces no había tiempo para formarse y estudiar; la cultura era un verdadero lujo. Por eso ahora, su casa está llena de libros que, a pesar de sus 93 años, sigue leyendo y subrayando detenidamente.

Hablar con él es un placer porque tiene tantos conocimientos, ha vivido tantas cosas y lo analiza todo con tanta sensatez que es un placer aprender de sus palabras.

Nos habla de “El Molinete” una barriada de prostíbulos donde se hizo amigo de un peluquero que leía “La Tierra” y era anticlerical.

Recuerdo que durante una conferencia que estaba pronunciando la compañera Aurora López, un cura no dejó de tocar las campanas para impedir que se oyera lo que decía – nos cuenta – y el peluquero se vengó de él dejándole encerrado en una ocasión en el depósito de cadáveres.

La vida de Cayetano Zaplana no tiene nada que envidiar a la de muchos héroes cinematográficos. Compartió prisión en Lión con José Peirás, del Amo y Quico Sabater; pidió limosna por las calles de París en aquella Francia del mariscal Petain que miraba con recelo a los exiliados españoles porque su derrota le resultaba incómoda y nunca dejó de luchar y soñar con una España libre del yugo fascista.

Hace 16 años que C. Zaplana regresó del exilio a una España muy diferente de la que dejó y se refugió en sus libros y en las notas y apuntes que cubren casi por completo su mesa de trabajo. Desde la ventana se contempla un porche lleno de plantas y el viento trae a veces el sabor a sal y yodo del cercano Mediterráneo.

Podríamos decir que hemos estado charlando con un catedrático emérito de la vida, con un gran filósofo o con un historiador, porque todas esas cosas se dan conjuntamente en Cayetano, pero preferimos quedarnos con su faceta de luchador, compañero generoso y hombre ético y coherente que nos despide con un abrazo lleno de afecto.

Deseamos que pueda comunicarnos sus conocimientos durante muchos años y que podamos mirar con él la senda andada para aprender a no tropezar en la que nos fala por recorrer.

Irene Pugno

 

Juan Alcaraz Saura. Todo un ejemplo para la militancia confederal

El compañero Juan Alcaraz Saura nació en la comarca de Cartagena hace ahora ochenta y ocho años. Fue un 5 de Enero de 1921 en un pueblo llamado la Aparecida, el mismo pueblo que durante los años de la Guerra Civil fue conocido como Caserío Francisco Ascaso. Al empezar la contienda bélica (“revolucionaria para nosotros”, como afirma el propio Juan) tenía sólo quince años, pero muy pronto se despertó su curiosidad por las ideas libertarias. Empezó a asistir a las reuniones y mítines de la CNT, a la que se afilió en 1937, y a leer todos aquellos periódicos y libros que llegaban a sus manos. Poco tiempo después decidió organizar, junto a otros jóvenes del pueblo, un grupo de Juventudes Libertarias del que Juan sería el primer secretario: el Grupo Acracia. Aquellos jóvenes libertarios, con la ayuda del maestro de la escuela, organizaron una serie de charlas y clases para adultos, casi todos analfabetos, con las que obtuvieron un gran éxito y una tremenda satisfacción.

En 1939, al cumplir los dieciocho años, Juan fue llamado a filas. Aquella fue la última de las quintas a las que llamaron “del biberón”, ya que la guerra estaba tocando a su fin y ya no se movilizaría a más hombres para defender a la República. El 5 de Marzo de 1939, domingo, Juan se dirigía en bici al arsenal de Cartagena, donde había sido destinado para cumplir su servicio militar, cuando escuchó gritos de “¡Viva España!” a la entrada de la ciudad. La quinta columna se había puesto en movimiento y grupos armados de soldados y civiles actuaban por las calles gritando sus consignas y agitando sus banderas. Juan decidió cambiar de rumbo y se dirigió entonces al Comité Comarcal de la CNT, donde se encontró con un buen número de compañeros que habían llegado hasta allí para, igual que él, esperar el desenlace de los acontecimientos.

Pronto llegaron noticias de que la flota naval, anclada en su totalidad en el puerto de Cartagena, se preparaba para zarpar rumbo a Argelia, donde se pediría refugio a las autoridades francesas. Sin pensárselo dos veces, los compañeros reunidos en el Comité Comarcal tomaron la decisión apresurada de abandonar la ciudad antes de que los fascistas los atraparan por sorpresa. En fila india fueron abandonando el edificio para llegar hasta el puerto de la ciudad, donde tuvieron la suerte de encontrar el último barco de la flota que aún no había zarpado: el crucero Miguel de Cervantes, capitán de la escuadra marítima. Unos veinticinco o treinta compañeros subieron al barco, sumándose así a los tres mil ochocientos militares republicanos y a los trescientos cincuenta civiles que huyeron de Cartagena aquel mismo día. “Los que no quisieron correr nuestra suerte”, recuerda Juan, “se marcharon a sus casas. Más tarde sufrieron las consecuencias siendo detenidos y encarcelados, entre ellos, dos hermanos míos”.

La flota llegó el 7 de Marzo a la base naval de Bizerta, en Túnez, ya que las autoridades francesas les habían negado refugio en Orán. “A partir de ahí”, nos cuenta Juan, “empezó nuestro calvario en el exilio. Nos pusieron mandos militares, nos distribuyeron en grupos y nos hacían formar todas las mañanas para repartirnos el trabajo”. Allí fueron sometidos a custodia militar y a régimen disciplinario, transportados en vagones para el ganado y hacinados en las condiciones más penosas e insalubres que podamos imaginar. Dormían en casas derruidas, sin puertas y sin ventanas, sobre suelos cubiertos de paja como único abrigo, y recibían escasísimas raciones de agua y de comida. “Pronto empezamos a sentir la necesidad de alimentos, el agua estaba racionada; solamente se nos daba para beber. Nos hacían miserias para que volviésemos a España. Las autoridades del campo, con cierta complicidad de algunos ex-mandos de la flota, fijaron un aviso en el que, sustancialmente, se decía: el gobierno de Franco concede una amplia amnistía y asegura la libertad a los que decidan volver. Bastantes marinos volvieron pero nunca regresaron a sus casas”.

Durante los meses siguientes, Juan trabajó en la construcción de un ferrocarril que debía unir el sur de Túnez y la línea Mareth, pero muy pronto comenzó la Segunda Guerra Mundial y tuvieron que ser evacuados a la retaguardia. Fueron trasladados a la Skira, una gran playa al norte de Gabés donde el ejército francés almacenaba gran cantidad de armamento y munición. En quince días, ante el avance de las tropas italianas, tuvieron que cargar todo aquel material en trenes preparados a tal efecto. Una vez terminado este trabajo fueron conducidos hasta las llanuras de las montañas Kenchela, en Argelia, donde serían utilizados para talar árboles y construir caminos y puentes con sus propias manos, arrastrando enormes piedras que tenían que transportar con la sola fuerza de su cuerpo. Después serían trasladados a las minas de Kenadza, al sur de Orán, siendo puestos a entera disposición de la Sociedad Minera Houillères de Kenadza para ser empleados en las minas o en cualquier otro trabajo que pudiera surgir.

Las faltas disciplinarias, por leves o inexistentes que pudieran parecer, eran castigadas de la manera más severa. Juan recuerda una ocasión en la que se negó a limpiar la habitación de un vigilante civil y fue castigado con siete días de tombeau. Este castigo consistía en permanecer sentado en un agujero cavado en la tierra siendo alimentado una vez al día con un trozo de pan duro y un poco de agua a la que se añadía un buen puñado de sal de vez en cuando. Tras siete días de castigo, Juan fue confinado durante tres meses en el campo de Hadjerat M’Guil, más conocido como el Valle de la Muerte. “Gracias a mi juventud, mis deseos de vivir y de volver a ver a mi familia”, nos asegura este compañero, “pude salir vivo de aquel infierno”. Los goumiers que vigilaban a los trabajadores en aquel campo tenían orden de disparar a todo aquel que intentara fugarse, algo que hacían cuando sus jefes, simplemente, se lo indicaban. Las ropas y el calzado que les dieron eran miserables y gastados, viéndose obligados a caminar descalzos sobre las piedras cuando llegaba la noche. Los trabajos llevados a cabo en este campo llegaban hasta la extenuación, al igual que las palizas indiscriminadas que llevaron a la muerte a compañeros como Lewystein, Moreno, Jaraba, Pozas, Álvarez… entre muchos otros. Juan recuerda con especial tristeza al compañero Moreno, también conocido como el Maño, que fue torturado, golpeado y obligado a trabajar más allá de sus posibilidades físicas durante una terrible agonía que duró ocho interminables días. “Lo azotaban sin compasión delante de todos los componentes del campo. Groumiers formados, con los fusiles en mano, nos rodeaban para que no nos moviésemos al presenciar tales horrores. Por las noches, después del penoso trabajo que tenía que realizar, no lo dejaban dormir, turnándose en los apaleamientos todos los guardianes, desde el jefe hasta el último empleado”. Y así continuaron hasta el día en que lo abandonaron sin sentido en el suelo de una celda, sin alimento y sin los cuidados médicos más básicos, muriendo ocho días después de su llegada al conocido como Valle de la Muerte. “Sufríamos con fuerza de voluntad la humillación”, nos cuenta Juan. “Yo era joven y jamás hubiera creído lo que pude ver allí (…). Cuando me sacaron de allí, pensaba en los que se quedaron. Me preguntaba cómo hombres con galones, bien comidos y vestidos, podían hacer tanto daño a sus prójimos”.

Cuando las tropas aliadas invadieron el norte de África, Juan se marchó a Orán. Empezó a trabajar de camarero, conoció nuevas amistades, se casó y tuvo tres hijos. Fue feliz en aquella ciudad durante algunos años pero otra guerra, en este caso la de Argelia, le obligó a emigrar de nuevo. En esta ocasión Juan marchó con su familia a Avignon, en Francia, donde unos familiares les ayudaron a salir adelante. No regresó a Cartagena hasta treinta y siete años después del exilio, una vez que “el régimen totalitario fue barrido con la muerte del traidor Francisco Franco”.

El compañero Juan puede presumir de no haber faltado nunca a su compromiso con el Anarcosindicalismo. Tanto en el exilio como tras su regreso a Cartagena nunca ha dejado de contribuir con sus cuotas al sindicato, su presencia en las reuniones y su asistencia a las manifestaciones. Siempre ha colaborado a la hora de repartir propaganda y ha ocupado aquellos cargos que necesitaban ser cubiertos, cosa que ha hecho durante años haciéndose cargo de las tesorerías del SOV de Cartagena y del Comité Regional de Murcia. Actualmente el compañero Juan Alcaraz continúa manteniéndose activo como militante de la CNT en Cartagena, aportando su apoyo y su experiencia en todos aquellos momentos que considera oportuno. Tal y como él mismo dice, “hoy, a mis ochenta y ocho años, soy menos eficaz pero sigo en la brecha”.

El ejemplo que Juan brinda a quienes tiene a su lado es de un valor incalculable. Por desgracia no todos tenemos el mismo empeño y capacidad de entrega que tiene este gran compañero, pero, aún así, debemos ser capaces de aprender de la solidez de esas ideas antiautoritarias que le han acompañado hasta el momento presente. Para eso sólo es necesario ser un buen alumno, ya que al buen maestro ya lo tenemos. ¡Salud compañero!

Francisco García Morales

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